Cecilia Picarín (Fragmento)

A continuación comparto un fragmento del relato de mi autoría «Cecilia Picarín», perteneciente a la colección inédita «Hijas de Lilith».

De continuar observando de cerca a Cecilia, esta vez profundizando un poco más, hubiese saltado de inmediato a la vista otro par de cualidades: lo atenta y servicial que era con todos los que la rodeaban. Jamás sus labios o sus gestos manifestaron objeción las muchas veces que le fue pedido un favor. Que si el desayuno, que si la comida, que si la merienda, que si un antojito, que si la lotería, que si la farmacia, que si la ferretería… A todo y a todos atendía con igual gusto y disposición. Trajinaba tanto de aquí para allá que se ganó el apodo Picarín, porque «picaba más que una pelota de pimpón». Ella, de su parte, también se refería a los demás de igual manera. Si se lo pedían, y numerosas veces hasta sin pedirlo, hacía esos trabajos de oficina que nadie quiere hacer: organizar las polvorientas pilas de cheques y facturas, revisar y organizar los cajones de archivos, mover cajas más pesadas de lo que cualquier otra mujer podría aguantar… La lista borda el infinito. Sin duda alguna, era una mujer de grandes virtudes. Huelga decir que las personas virtuosas esconden, por lo general, al menos un gran defecto. La inestabilidad emocional es el aludido en este caso. En los momentos difíciles se derrumbaba por dentro. Y para una mujer de su condición —que pasaba ya del medio centenar de años, que estaba cerca de jubilarse y no poseía ahorros importantes, que tenía dos hijos varones que aunque estaban en edad legal para trabajar dependían exclusivamente de sus ingresos, que convivió muchos años en unión libre con un hijo de puta que terminó abandonándola— resulta imposible negar que las dificultades formaban parte integral de la vida. Hacía grandes esfuerzos en guardar las apariencias, a pesar de que son muchos los problemas cotidianos que ya de por sí afectan a la clase trabajadora. En el caso que nos corresponde es debido sumar uno más. La ingenua Picarín había desarrollado un gran vicio. Uno que solo salió a flote cuando fue demasiado tarde. ¿Quién, en su sano juicio, hubiera percibido síntoma alguno de ludopatía en la siempre humilde, atenta y trabajadora conserje? Sin embargo, los fines de semana se le veía con devota regularidad en las instalaciones de un gran casino. Siendo este el principal motivo por el cual comenzó a endeudarse hasta más no poder.

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