Cecilia Picarín (Fragmento)

A continuación comparto un fragmento del relato de mi autoría “Cecilia Picarín”, perteneciente a la colección inédita “Hijas de Lilith”.

Cecilia era una mujer humilde, trabajadora, responsable y alegre. Pasaba ya del medio centenar de años. Tenía dos hijos, ambos varones. Convivió muchos años en unión libre con un hijo de puta que terminó abandonándola. Era muy atenta y servicial. Le hacía los mandados a todos en la oficina sin peros. Que si el desayuno, que si la comida, que si la merienda, que si la lotería, que si la farmacia, que si la ferretería… A todo y a todos atendía con igual gusto y disposición. Trajinaba tanto de aquí para allá que le pusieron de apodo Picarín, porque «picaba más que una pelota de ping pong». Ella, de su parte, también se refería a todos los demás de igual manera. Si se lo pedían, y a veces hasta sin pedirlo, hacía esos trabajos de oficina que nadie quiere hacer nunca: organizar las polvorientas pilas de cheques y facturas, revisar y organizar los cajones de archivos, mover cajas más pesadas de lo que cualquier otra mujer podría aguantar, etc. Gustaba de hacerle bromas a los demás, sobre todo a los empleados nuevos. Una vez le escondió el celular a una muchacha donde sabía que nunca se le ocurriría buscar: los cajones de archivos. La muchacha no tenía ni un mes trabajando en la oficina, por lo que era completamente inocente y ajena a las bromas de Cecilia. Sólo cuando la desesperación le hizo brotar lágrimas a los ojos de la muchacha Cecilia se dignó a dar por terminada la broma. «Tú debiera tar ma atenta a tus cosa, Picarín» le dijo al entregarle el aparato. Luego le acarició la negra y larga cabellera y soltó una carcajada. Sí, Cecilia era alegre y bromista, pero cuando por la oficina se aparecía El Jefe, como llamaban al presidente de la compañía, se transformaba en la mujer más seria y pulcra de la bolita del mundo. Era, sin duda, una mujer de grandes virtudes, pero tenía un gran defecto. Era emocionalmente inestable y cuando tenía problemas se derrumbaba por dentro, aunque por fuera se esforzaba en seguir aparentando ser la misma de siempre. Encima, había desarrollado un gran vicio, que nadie conoció hasta que fue demasiado tarde. Se había convertido en una adicta a los juegos de azar. Los fines de semana no salía de un casino, y este fue el motivo por el cual comenzó a endeudarse para apostar hasta lo que no tenía.

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